20 de Enero de 2020

Amanece temprano en Tulum, hemos decidido madrugar para conocer sus ruinas, nos han dicho que la mejor hora para visitarlas es hacerlo muy temprano porque luego se inundan de turistas.

Antes, aprovechamos para recorrer la zona hotelera a pié de playa y nos paramos a desayunar en un chiringuito, una tortilla con papas y tostadas.

Y ahora nos dirigimos hacia las ruinas, como es temprano dejamos el coche en la carretera de la playa y recorremos caminando los escasos 10 minutos que la separan del conjunto arqueológico, lo hemos hecho así por recomendación del hotel y la jugada nos ha salido perfecta, porque nos hemos ahorrado el parking y la distancia es mucho menor que la del aparcamiento del conjunto arqueológico.

Ruinas de Tulum

Más modestas que las de Chichén Itzá, aunque con un encanto especial por situarse a pie de playa, después de recorrerlas tranquilamente a primera hora, nos damos un baño en la playa que está justo debajo de ellas.

A continuación vamos caminando hasta playa pescadores, el sol empieza a pegar fuerte y ya se va haciendo necesario un baño y una cerveza fría, así que nos paramos en un beach club a disfrutar de la música, la cerveza local, el sonido del mar y la magia de Tulum.

Para luego ir a conocer las ruinas de Muyil, donde nos paramos a comer en un bar de carretera, situado justo frente a las ruinas.

El restaurante tenía mucho encanto y estábamos solos, apenas se detuvieron un par de lugareños a pedir unos tacos, mientras esperaban el autobús. Nosotros pedimos tacos de cochinita, chilaquiles de pollo y camarones al ajillo, los totopos con guacamole siempre suelen ser cortesía de la casa en los restaurantes locales mexicanos.

Veo la foto de esos camarones y se me hace la boca agua, porque estaban buenísimos.

Nos hemos pasado con la comida y no la podemos acabar, a duras penas por el calor y el empacho cruzamos la carretera para conocer las ruinas de Muyil.

Ruinas de Muyil

Las menos transitadas que hemos visitado, lo hemos hecho porque decían que eran muy auténticas al ser poco turísticas, de hecho éramos los únicos visitantes y tengo que confesar que atravesar esa selva en la más inmensa soledad, con todos los ruidos que esconden las hojas, daba un poco de miedo, la visita fue muy corta porque los mosquitos se cebaron con nosotros, debían de estar hambrientos de sangre humana en un lugar que parecía no haberlos recibido en mucho tiempo, las ruinas estaban bien, pero es una visita que podíamos haber omitido perfectamente.

Con un par de kilos más y dos litros de sangre menos, vamos a darnos un baño a la Laguna Kaan Luum.

Laguna Kaan Luum

Una laguna enorme de aguas poco profundas, que alberga un cenote al que no se puede acceder, un sitio de esos poco turísticos, regentados por lugareños donde nos entrenemos buena parte de la tarde, con el vaivén de los columpios, el balancín de las hamacas, los baños de agua y barro en la laguna y el secar al sol sobre las tablas de madera del muelle.

Cambiamos el agua salada por el agua dulce de los cenotes, estamos en una zona llena de estos tesoros de la naturaleza, en el hotel nos han recomendado el cenote corazón y nos encontramos con él por casualidad.

Cenote corazón

Uno de los cientos de cenotes que existen en el lugar, uno de tantos cenotes que no salen en las guías de viaje y que solo es conocido por un puñado de locales, un cenote con forma de corazón, de aguas inmensamente cristalinas, pequeños peces plateados y cavernas sumergidas que invitan a soñar con tesoros y monstruos cuando colocas las gafas de snorkel

Tengo que confesar que a mi este tipo de aguas me dan mucho respeto, al verlas oscuras me inquieta un montón lo que pueda haber debajo, el señor Late Fuerte tuvo que insistir mucho para que me bañara y colocara la máscara de snorkel y cuando sumergí al cabeza, la claridad de las aguas disipó cualquier miedo y ha sido sin duda una de las mejores experiencias de mi vida, tanto que cuando saqué la cabeza a flote y me quité la máscara, no podía parar de reír y gritar de la emoción, al igual que había hecho minutos antes, el señor Late Fuerte.

Diréis que estoy loca, pero es algo muy difícil de describir y de entender si no lo has vivido, para mi la sensación de bucear en este cenote fue algo que no he vivido en ningún otro.

Cuando las nubes empiezan a tapar el sol y a ponernos la piel de gallina, volvemos a la zona de playa de Tulum y nos detenemos en el beach club Loyal Orden Tulum, una jaima sobre la arena, con un rollo chill out que nos encanta, pasamos un buen rato charlando con tres españoles que están trabajando en el local.

Después de una pequeña tormenta y dos cervezas nos despedimos de Loyal Orden y sus camareros españoles, para volver al hotel a cambiarnos y salir a cenar.

Como hoy es nuestra última noche en Tulum, cenamos diferentes platos en varios sitios, algo que hacemos mucho cuando viajamos con poco tiempo y nos apetece probar varias cosas.

La primera parada la hacemos en un restaurante de comida yucateca muy cerca de nuestro hotel, donde pedimos un taco de carne, una carne que giraba sobre un rollo muy parecido a un kebab.

El restaurante solo servía esa carne y cuando digo que solo servía esa carne me refiero a que no servía ni bebida, la cual tuvimos que comprar en un supermercado que había al lado.

Unos metros más adelante, un local pequeño con solo dos mesas llama nuestra atención con una pizarra en medio de la acera, que pone escrito: “dumplings de Shiitake” y se nos hace la boca agua, estaban tan buenos que repetimos y además pedimos Shomei de gambas, un plato típico filipino que el Señor Late Fuerte adora.

Nos perdemos luego por la calle principal de Tulum y rematamos la cena en el restaurante La Malquerida, comiendo unos totopos y unas fajitas de pollo y con el estómago lleno de sabores y los recuerdos llenos de olores despedimos Tulum como lo que somos, dos soñadores.